miércoles, 1 de julio de 2009

Desde Haití: Seguimos, a pesar del mal tiempo

En septiembre del 2008 las aguas de Hanna sumergieron gran parte de la ciudad de Gonaives poniendo en peligro la vida de 91 cubanos que prestaban servicios en ese lugar de Haití. Ahora vuelven las lluvias, pero otra será la historia

Katia Siberia García, enviada especial

Por esta época del año los agricultores haitianos sonríen con remordimientos de conciencia porque la misma lluvia que trae prosperidad para sus cosechas, los inunda de trágicos recuerdos.

Vista de una parte de la ciudad de Gonaives, geográficamente condenada a las inundaciones.

En medio de estas tierras secas donde hasta las montañas lucen empolvadas, ni siquiera las aguas de mayo anuncian una feliz primavera.

Así ha sido durante mucho tiempo para esta isla del caribe: sequía e inundaciones. Solo algunas zonas permanecen ajenas a tales desproporciones naturales y Gonaives no figura en esa lista.

Quiso la geografía que fuera ella la ciudad de los excesos. Unas veces blanca y asfixiante de tanto polvo; otras, pantanosa y sumergida de tanta agua.

Arisbel ilustra la altura que alcanzó el agua en uno de los lugares donde trabajaban cubanos.

Se erige entre el océano y las alturas, una especie de trampa mortal que cada temporada lluviosa atrapa a miles de cuerpos cuando las corrientes fluviales descienden y el mar los devuelve. Entonces las calles son rápidos innavegables que arrastran consigo un poco de todo lo que encuentran.

Las imágenes de la última inundación aún sobrecogen. Como testimonio una tarja, fechada en este año, recuerda a las víctimas con una imprecisión que espanta y sobre la cual no cesan las conjeturas.

A escasos kilómetros de allí, los cinco lugares donde permanecían entonces 91 cubanos. Varios de ellos conversaron con Granma y mientras revivían aquellas jornadas mostraron, sin quererlo, páginas de humanismo y firmeza.

Recuento

Mientras Rosángela, allá en Cuba, soñaba con el inicio del preescolar, su padre Arisbel Ortega Vidal temía perderse los días de escuela de su hija. Era la noche del 1 de septiembre del 2008, pero desde hacía algunas horas llovía sobre las montañas de Gonaives.

De otro modo, nadie se explicaría la avalancha de agua que llegó a la ciudad y que en menos de dos horas sumergió algunas zonas a más de un metro. El nivel ascendía, la corriente aumentaba, el pueblo permanecía a oscuras. Para ese entonces muchos caminos ya se tornaban intransitables.

Enseguida alertamos al resto de los cubanos. Nosotros habitábamos un campamento ubicado en una parte muy baja y los 12 tuvimos que subir al techo, cuenta el doctor Arisbel, al frente de la brigada médica que presta servicios en Gonaives.

Mi teléfono no paraba. Llamadas del MINREX en Cuba, del embajador nuestro aquí, del coordinador de la brigada en Haití... todos preocupados. Las rutas parecían imposibles, el viaje desde la capital tomaba más de 10 horas y está a 150 kilómetros de aquí. Los helicópteros no podían venir desde Cuba por el mal tiempo. No existían tampoco medios para una posible evacuación.

Antes de la 1 de la madrugada todos los colaboradores habían tenido que subir a lugares altos. Dimos orientaciones de quedarse en esos sitios pero el chofer Raudel Pedroso y el enfermero Iván Giro arriesgaron sus vidas para felizmente salvar las nuestras, sin perder la de ellos.

Con un carro que posee un guinche y un filtro de agua arriba (permite que aunque el motor se moje, no se apague) Raudel e Iván se acercaron al campamento, amarraron el cable a una reja y nos trasladaron a una casa más alta donde radicaban los cooperantes de la Misión Milagro, recuerda Arisbel.

Mayor destreza acompañaría a Raudel noches después durante el rescate de trabajadores eléctricos que montaban grupos electrógenos.

Con el auto hundido hasta la mitad de la ventanilla recorría una calle con huecos, describe Raudel. La ciudad continuaba apagada y fue entonces cuando comencé a acelerar y a frenar para simular olas y ganar en claridad con las luces del yipi mientras el agua retornaba. Así logré llegar hasta el hotel donde hacía más de tres días esperaban mis coterráneos.

En otro de los lugares, el hospital de K-Soleil, el agua subió a 2.30 metros. Esa noche, aclara Arisbel, cumplían su guardia médica tres mujeres y debieron subir al techo de una iglesia. Allí permanecieron hasta el día tres por la mañana en que pudimos sacarlas porque descendió un poco el nivel de las aguas.

Nueve cubanos que también trabajaban en esa institución estuvieron 18 horas por los techos del vecindario. Bajo nailon algunos, sin comida todos... Allí resistía el doctor Yanier Morales Manganelly, quien en una ocasión entró a la casa sumergida para buscar unas latas de carne con las cuales alimentar a sus compañeros.

La situación no era menos tensa para los 10 cooperantes que habitaban la casa del hospital La Providence. La cercanía los llevó al centro médico: primero ocuparon la planta baja, luego la segunda¼ y terminaron en la azotea. Se mantuvieron a salvo ellos y cuidaron además de 40 pacientes hospitalizados, 15 de ellos en estado grave.

A diferencia del otro gran temporal (Jeanne en el 2004) en el que todos los ingresados se ahogaron porque nadie los evacuó ni asistió, esta vez en La Providence ninguno murió a causa de las inundaciones.

La obligada subida a la azotea por una maltrecha escalera de madera fue quizás uno de los momentos más dramáticos: todos querían subir al mismo tiempo, teníamos que hacerlo con sumo cuidado y a veces cargando a un paciente, rememora el doctor Bárbaro Hernández.

La ayuda de dos residentes haitianos graduados en Cuba, Jonathan Augustin y Marcel Chatelier, fue decisiva también en la supervivencia de los hospitalizados que, definitivamente, fueron socorridos el día 3 por helicópteros de las tropas de la ONU que operan en Haití.

Muchos haitianos nos decían que estábamos locos porque nos veían intentando el rescate y la evacuación en medio de aquel desastre, explica Arisbel, pero todos logramos salir con vida.

Después de la inundación comenzaba el trabajo más duro: epidemias, hambre, desesperación... No podíamos abandonar al pueblo de Gonaives. Se tomó la decisión de reducir la brigada por si era preciso evacuar rápidamente y nos quedamos 13 compañeros, encargados de los servicios imprescindibles.

Fuimos los únicos que en aquellos días brindamos asistencia médica. El enfermero Gerardo Solís sufrió incluso de malaria y paludismo mientras salvaba vidas, pero en ningún momento nos retiramos, asegura Arisbel. Todavía seguimos aquí a pesar del mal tiempo que pueda venir.

Estas lluvias

Cuando llegaron las lluvias de este año ya los cubanos de Gonaives sabían los lugares más vulnerables a inundaciones y los posibles sitios de evacuación. Esa fue apenas una de las primeras disposiciones tomadas para enfrentar la temporada ciclónica.

De 91 personas que laboraban allí en el 2008, hoy, entre maestros, ingenieros y médicos apenas llegan a 28, y poseen reservas de agua, alimento y combustible para 30 días.

Han sido identificados además los centros donde se trabajará; ubicados en zonas altas, aunque en esa ciudad casi nada está exento de inundarse cuando las precipitaciones se vuelven perennes.

Para comprobar la efectividad de estas medidas una delegación de la Defensa Civil cubana visitó recientemente Gonaives. Allí se detalló también la zona donde pudieran aterrizar helicópteros nuestros, de ser necesario.

Todos están convencidos de que las aguas volverán, pero hasta los haitianos se resisten a vivir una historia similar. Estos días han estado retirando los escombros que, 9 meses después, ilustraban todavía las secuelas de su última primavera.

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