lunes, 18 de enero de 2010

La peor tragedia es no poder hacer más

Con los médicos cubanos en Haití

Leticia Martínez Hernández Fotos: Juvenal Balán (Enviados especiales)

PUERTO PRÍNCIPE, Haití.— El pequeño no paraba de temblar, de su manita endeble colgaba un suero que a estas alturas muy poco podía ayudarle. Por sus venas colapsadas ya no pasaba el fluido que en otra circunstancia, quizás, le devolvería el aliento. Acostadito sobre un cartón la vida se le iba, mientras a sus pies un médico cubano lamentaba no poder hacer más.

Los médicos trabajan de manera continua y lo más frecuente son las amputaciones.

"A este angelito lo trajeron hoy por la mañana. Llevaba tres días bajo los escombros. Lo trajo un rescatista, no tiene familia y es muy probable que no se salve. Le hemos puesto de todo, lo limpiamos, curamos sus heridas, ya no sé cómo seguir ayudándolo. Esta tragedia se ha ensañado con los niños, es insoportable el dolor".

Con solo 28 años ya Sergio sabe qué cara tiene la muerte. Estos últimos días han sido funestos para este médico santiaguero que por primera vez sale de su tierra para salvar vidas. A la pregunta de qué ha sido lo más terrible, dispara dos ráfagas salidas del mismísimo corazón: el sufrimiento de los pequeños y no poder socorrerlos a todos. Así hablaba Sergio Otero González, cuando de su mano se aferró una mujer con el rostro magullado.

Es hora de apartarse del niño y auxiliar a los que llegan. Quizás cuando regrese, este inocente sin nombre haya dejado de respirar, no le quedará más que conformarse con haber hecho lo imposible por devolverle la vida a un ser que nació marcado por la tragedia.

De estas tristes historias está repleta hoy la tierra haitiana. Centros hospitalarios como Delma 33 (paradójicamente nombrado La Paz) y La Renaissance (renacimiento en francés), tienen mucho horror que contar; pero allí los médicos cubanos siguen empeñados en escribir con mayúsculas la palabra VIDA, aunque las agencias de noticias se encarguen de minimizarlos y hasta de negarlos, como la cadena de TV norteamericana Fox News. ¿Será que tendremos que poner altavoces en la Luna para que se acaben de enterar que muchos años antes del sismo ya Haití sabía de los médicos cubanos?

RENACIMIENTO EN HAITÍ

La paradoja se apodera de Haití, con cada mirada descubro un contraste, otro más¼ Creí que la contradicción entre la felicidad de la caras que muestran las vallas publicitarias y el rostro ajado de quienes por debajo de ellas pasan, era la mayor ironía, pero me equivocaba. Hallar las palabras paz y renacimiento en la fachada de los hospitales más tétricos que he visto en mi vida, superó cualquier incongruencia¼ Me empeñé entonces en encontrar la respuesta en el ondear de la bandera de mi tierra a la puerta de estos.

De los escombros sale una fetidez insoportable, mientras la gente deambula por las calles.

Pareciera que los haitianos se acercan a los hospitales donde están los cubanos para encontrar sosiego. No paran de llegar, todos quieren ser atendidos de inmediato, el irresistible dolor de sus cuerpos se mezcla con una enraizada falta de cariño, que parece curarse de inmediato cuando uno de nuestros galenos los acaricia con ternura¼ Hasta los predios de los hospitales se mueven familias enteras. Montan allí el quimbo, ubican al enfermo en el centro, amontonan lo poco que les quedó, y la familia, cuando todavía queda, sale a buscar atención. A otros los transportan en cartones, tablas, colchones¼ hasta casi acorralar al médico.

Así, entre muchos, encontré a la doctora Madelaine en el centro hospitalario La Renaissance. Llegar hasta ella se convirtió en una demostración de malabarismo. Un pie primero, otro después¼ un descanso para recobrar el equilibrio: debajo de mí agonizaban de dolor varios haitianos, solo rozarlos hubiera sido imperdonable. Sin embargo, allí no terminaba la odisea. Tocaba ahora convencerla de que me contara sus vivencias. Esta granmense de 32 años es una experta curando, pero frente a una grabadora tiembla.

"Esto no se compara con nada de lo que he visto. Cuando llegué sentí miedo, pero no tuve tiempo de dejarlo crecer. Todavía no olvido el rostro de una pequeña de dos años, que sacaron de los escombros y llegó agonizando. A muchos los traen así, pero cuando se trata de un niño, el corazón se nos estruja aún más".

-¿No se desespera cuando le llaman de todos lados y a toda hora para que los auxilie?

"Ellos están desesperados, lo que han vivido no es para menos. Pero nosotros hemos aprendido a tener calma y tratarlos con delicadeza aunque estemos estresados. Si te desesperas no ayudas ni a uno ni a otro, y terminas siendo inútil".

Los lesionados llegan a todas horas. Desgarra ver la cantidad de niños.

Con esa misma ecuanimidad sale la cirujana Abrahana del Pilar Cisneros Depestre del improvisado salón de operaciones. Desde dentro de este lugar, parapetado entre sábanas, se escucha un sonido aterrador. Estamos amputando una pierna, dice y me convida a pasar. Pero hasta allí no llegan mis fuerzas, prefiero entonces esperarla fuera para conversar. De ella solo sé que acortó sus vacaciones para retornar a Haití y ayudar.

"Todo es muy triste y desolador. Las heridas son en extremo graves. Lo más frecuente son las traumatologías, muchas personas llegan prácticamente autoamputadas, con los miembros casi desgarrados, con quemaduras incompatibles con la vida, como las de esa niña que ahora mismo cuida una vecina pues su mamá falleció y no se ha encontrado algún otro familiar".

Han transcurrido varios días, las posibilidades de salvación van siendo mínimas para los que recién son encontrados, dice esta doctora que ya ha perdido la cuenta de los que han pasado por sus manos. "El viernes operamos a 15 personas, hoy sábado ya vamos por 17 y no hemos terminado el día, son uno detrás del otro. La severidad de las lesiones es mayor, los casos son extremadamente sépticos".

-¿Y los familiares, doctora, qué le dicen?

"Muchos llegan solos, pero cuando las familias los traen, es tanto el dolor y la tristeza que solo nos miran, creo que con eso lo dicen todo, no hace falta la palabra gracias".

-¿Está cansada?

"Es verdad que hemos trabajado mucho, que los días se juntan, pero es tanto el deseo de ayudar que no nos permite sentir el cansancio, al contrario, ojalá consiguiéramos dar más".

Se pudiera sospechar que tanta energía y deseos de hacer se dan solo aquí en La Renaissance. Sin embargo, en el otro extremo de la ciudad la historia se repite.

¿PAZ EN DELMA 33?

En el Hospital Universitario La Paz, conocido como Delma 33, más médicos confirman las palabras de Abrahana, Sergio y Madelaine. Allí otra bandera cubana ondea, y da paso a un escenario más estremecedor. Casi todos los lesionados están ubicados en las afueras del recinto. Los lamentos hacen doler el corazón, las tremendas heridas obligan a voltear el rostro, la desolación conmueve, las miradas que buscan compasión calan hasta los huesos. Todos parecieran preguntar: ¿tendrá fin tanta desdicha?

Continúan los rescates aunque las posibilidades de sobrevivir disminuyen.

La réplica de la noche anterior, los hizo salir despavoridos del hospital, coyuntura "aprovechada" por los médicos para organizar mejor el local y evaluar la fortaleza de la edificación.

Acondicionando nuevos espacios, poniendo carteles que delimitan las áreas, desinfectando el piso, clasificando a los enfermos y entrando a los más graves, estaban los médicos cuando llegamos. Sorprendió ver tanta gente ayudando. Codo a codo colaboraban especialistas chilenos, cubanos, españoles, canadienses, mexicanos¼ Todos hablaban un mismo idioma: el de la salvación. Todos repetían una misma frase: el trabajo en equipo.

El doctor cubano Carlos Guillén, director del centro, así lo definía: "Ha sido una cooperación perfecta, ellos vienen hasta nosotros, nos buscan espontáneamente para tomar cualquier decisión, tenemos una reunión en la mañana y otra en la tarde con los representantes de cada nación, donde definimos qué estamos necesitando, cuáles son las prioridades y lo compartimos todo".

A Heriberto Pérez, médico chileno, lo que más le preocupaba era el desorden inicial, por eso defiende la cohesión entre todos, no importa de dónde vengan, lo que de verdad vale es salvar vidas.

Acariciando a una pequeña que tenía la piernita en peligro por la gangrena, estaba la monja Rosalía. Vino desde España y se sumó al tremendo equipo que conforma también, entre otros, el residente haitiano Asmyrrehe Dollin. Para este muchacho graduado en Cuba, auxiliar a sus coterráneos es lo más grande que la vida le ha deparado. Agradece entonces a la mayor de las Antillas la posibilidad de haberle enseñado a hacerlo. Compartir con los médicos, que en algún momento fueron sus maestros, es un orgullo inmenso.

Es solo este apretón de manos entre médicos lo que aliviará el dolor haitiano. Vuelve a anochecer, pero quizás mañana los lamentos sean menos. Será una bendición que comiencen a desaparecer los carteles de "we need help" que como sombra están colgados por todos los lugares.

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