
Afirman investigadores que las celebraciones del San Juan surgen en el siglo XVIII en pleno mes de junio, época de abundantes y persistentes lluvias, y se inscriben en la tradición ganadera de Camaguey, centro-oriental provincia cubana situada a unos 500 kilómetros al Este de La Habana.
Cuentan que los rudos ganaderos, enfrascados durante meses en tareas propias del duro oficio, terminaban las faenas para entregarse después a un merecido descanso en el que era abundante la comida y diversos los motivos para la diversión.
Con los años la alegre conmemoración se trasladó del campo a la periferia de la ciudad hasta que, por su propio peso, invaden cada 24 de junio la capital provincial.
En la actualidad y justo con el primer minuto de la festividad de los juanes, autoridades del municipio dan lectura al tradicional Bando o permiso que autoriza los festejos, los cuales culminan el 29 del propio mes.
Es casi habitual que llueva el día de San Juan, lo que no impide a las familias lugareñas y visitantes reunirse en improvisadas fogatas callejeras donde tienen lugar, entre rones y cervezas, anécdotas y risas, la elaboración y consumo públicos del ajiaco camagüeyano, suculento plato de la comida típica de la región.
Hasta el 29 continúan las celebraciones en barrios y calles adornadas por el vecindario, se suceden paseos carnavalescos con desfiles de carrozas, congas, comparsas, disfrazados y vehículos engalanados con los más diversos motivos fruto del ingenio popular.
En la tarde del penúltimo día del mes, y al ritmo frenético de los tambores , miles de citadinos se congregan , llueva , truene o relampagueé , en ficticia ceremonia funeraria para enterrar a San Pedro y con él despedir a la que es considerada con justeza , la mayor festividad del legendario Camaguey.
Luego a la ciudad retorna la calma. Todo vuelve a la normalidad. Los camagüeyanos asentados en otras localidades regresan a sus hogares y los de la Ciudad de los Tinajones prosiguen sus labores habituales con nuevos bríos, y con la esperanza de que las lluvias continúen humedeciendo para bien, la suave comarca de pastores y sombreros.
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