
"Es preciso -dijo de Céspedes José Martí- haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a un tigre su último cachorro".
La fortaleza no estaba, en efecto, en el brazo de Céspedes, sino en su voluntad de acero, en su arraigado patriotismo, que como alas de un relámpago alumbró inteligencias, despertó espíritus y generó entusiasmo y luz para mostrar el camino a seguir por su generación y las generaciones futuras.
Su fortaleza fue más allá de su propia muerte en combate, en San Lorenzo, peleando, sólo, frente a las tropas enemigas.
Céspedes, ha dicho Fidel, "simbolizó el espíritu de los cubanos de aquella época, simbolizó la dignidad y la rebeldía de un pueblo -heterogéneo todavía- que comenzaba a nacer en la historia".
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